MEMORIAS DE UN AUTOCINEMA

Nunca nos imaginamos cómo una ida al cine puede marcar la historia de tu vida. Viendo una película muchos recibieron su primer beso, vieron por primera vez a un hombre sonarse a una chica y más adelante a la chica sonándose al galante defensor de las causar difíciles. Sin embargo, uno de los recuerdos que más marcaron mi infancia tiene que ver curiosamente con Spielberg y un auto cinema.

No se si fue la primera película que vi en uno, pero si recuerdo la aventura tan maravillosa que fue el viaje hasta ahí y que continuó con la aventura de ET junto con Elliot (Henry Thomas) y Gerty (Drew Barrymore). Era el año de 1982 y yo tan sólo tenía 5 años.

Recuerdo que mi mamá tomo una canastita en forma de maleta para picnic y metió sándwichitos en forma de triángulo, “Quesito Mío” -mi favorito-, unos Boings y una dotación de almohadas y frazaditas. Mientras yo veía que ella empacaba, me preguntaba si estábamos emprendiendo una huida intempestiva o si estaba preparando un picnic para el domingo en la mañana. Cuando le pregunté, cariñosa me dijo: es una sorpresa.

Por supuesto que como toda niña de 5 años la palabra sorpresa implicaba cosas místicas y maravillosas, una aventura tal vez, o alguna travesura como las que en ocasiones mis papás acostumbraban a hacer con un par de duendes de cómplices; recuerdo una de las más memorables cuando en un verano el calor era insoportable y llovía a cántaros por toda la ciudad. Muchos papás hubieran prohibido a sus hijos salir a la calle a jugar, pero mis padres no. Ellos nos tomaron de las manos -a mí y mi hermano- y junto con ellos corrimos por todas las calles aledañas a mi hogar. Brincábamos los charcos, nos pusimos a jugar espadazos con unas ramas que mi padre encontró. En fin, nos empapamos, gritamos y jugamos como si en lugar de dos niños fuéramos cuatro.

Como ven, la palabra sorpresa implicó muchas cosas en mi cabeza, sobre todo al ver esos deliciosos emparedados que mi papá preparaba como un gran gourmet. Recuerdo que mi mamá nos llevó a la recámara y a mi hermanito de 3 años y nos puso nuestra pijama favorita (que eran un par de mamelucos rojos con figuras de Mickey Mouse). Eso aún me consterno más, cuando pensé en pijamas, sándwichitos y sorpresa.

¿Acaso saldríamos de viaje? Subieron todos las viandas a la camioneta, una Chrysler Guayin de 1980 -una verdadera lancha motorizada- que yo disfrutaba al máximo. Su cajuela era la más grande de todas y ahí uno podía acomodar toda una tienda de campaña para dormirse en los largos viajes que en esa época emprendíamos.

Al subir todos al auto, el cielo estaba repleto de estrellas. ¿Qué horas serían? No lo sé, tal vez las 7 de la noche, pero me gusta pensar que si era una aventura serían como las 10. Mi mamá, como toque de queda al estar en el auto, tomó la batuta y como lo hacia cada vez que salíamos nos dijo: –Todos listos! Váaaamonos, porque el que se quedó, se quedó-. Mi hermano sentado en su sillita y yo levantamos las manos, como señalando que los pasajeros estaban ya preparados para la salida. Mi papá dijo: –¿Lista Copiloto?-, mi madre contestó –¡Todo listo Capitán!

El auto encendió turbinas y arrancamos hacía la aventura de mi vida. El trayecto era largo, pasábamos por avenidas muy grandes; el viaje fue cansado, me sentía muy agotada. En un momento empecé a ver un lugar completamente distinto a mi alrededor: a mi izquierda había un gran edificio en forma de media bola, que me llamó la atención porque le pregunté a mi papá si era de unicel. Cuando pasamos un trío de grandes torres de colores mi mamá volteó a vernos y nos dijo –ya estamos llegando, no se duerman, miren el paisaje-. En efecto, había muchos árboles alrededor, pero tanto como paisaje no recuerdo nada interesante. Sólo que a mi derecha quedaba una plaza enorme con un Liverpool en color café; mi mamá comentó –Ésta es la primera plaza a la que te traje de chiquita Sissi-. Cómo me vería mi mamá, si yo me sentía chiquita todavía a mis 5 años.

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Entramos en un lote enorme, lo primero que alcancé a ver fue una pantalla gigante. Después, autos estacionados por todos lados y gente sobre los toldos de los carros. Había una familia acomodando colchas sobre el cofre. ¿Estaríamos en una misión secreta acaso? No… más bien mis papás nos llevaron a ver las estrellas o ¿estaríamos nuevamente en un planetario como el que nos había llevado mi papá unas semanas antes en Puebla? Tenía tantas preguntas en mi cabeza y lo que más me emocionó fue cuando a lo lejos vi una especie de casita, como mini-super, con luces muy brillantes, en donde alcanzaba a ver a niños comprando ávidamente. Ahí empecé a sentirme en ambiente; veía niños jugando y correteándose, como si fuera un parque de diversiones.

Mi papá estacionó el auto con la cajuela hacia la gran pantalla, nos quedaba una bocinita del lado izquierdo… pero no se escuchaba nada. En la pantalla se proyectaba a unos niños en una banquita y uno le ofrecía al otro chocolatitos, que no recuerdo como se llamaban -pero eran riquísimos- en forma de “Kisses” miniatura.

Mamá se bajó del auto, abrió la cajuela y me cargó. Me llevó hacia la tiendita, en donde reconocí de inmediato los “Toblerones“, mis chocolates favoritos en ese entonces, y un refrigerador lleno de jugos Bonafina y fresas congeladas. Por supuesto compramos dos paquetes grandes de Toblerone y regresamos al auto; mientras pasábamos entre los coches la gente ya empezaba a acomodarse en sus autos y escuchábamos ya las voces que salían de las bocinas.

Me subí a la cajuela de la camioneta y acomodé mis frazaditas y almohadas; me recosté entre mis papás. Mamá cargaba a mi hermanito, que tomaba su leche en biberón y yo escarbaba en la canasta en busca de mi sandwichito y mi Boing de naranja.

Las estrellas iluminaban el cielo completamente negro y brillante, mientras iniciaba la película con la música de John Williams y se presentaba E.T: The Extraterrestrial. No tiene caso contar la película pues todos tuvimos una infancia completa en su compañía. Pero se que no hubiera sido la mejor película de mi infancia si yo no hubiera sido llevada a través de un camino lleno de sorpresas y en compañía de mi Quesito Mío, mi riquísimo Toblerone, mi mameluco de Mickey Mouse y la mejor compañía de todas: las estrellas y mi familia.

Claro que después de ver E.T. siempre esperé encontrarme con un pequeño amigo extraterrestre que me hiciera volar en mi bici, cruzando fronteras y con la Luna iluminando mi camino. Lo cierto es que nunca lo pude conocer, pero mi muñeco E.T. y mi lonchera se volvieron los tesoros más queridos, y Henry Thomas desbancó en el terreno amoroso a Alexis, mi compañerito de banca.

By Luv (Silvia Gómez)


3 Responses to “MEMORIAS DE UN AUTOCINEMA”

  1. Felicidades!, es una muy hermosa historia. Yo viví mucho tiemp en Satélite y el autocinema era una visita obligada, que triste que haya desaparecido y con él tantas historias como esta.

  2. Definitivamente lograste que recordara mi infancia, que padre tu historia. Estoy de acuerdo contigo en que le “Quesito mio” con la rola de Cachito chachito de consuelito velazques, es una joya. Me gusta mucho su blog, tiene de todo. Felicidades.

  3. Jajaja… yo soñaba y fantaseaba con vivir en la unidad habitacional que estaba justo a un costado del legendario autocinema del Paseo de Santa Mónica (Satélite), y que fue convertido a la postre en una de la que fuera las primeras tiendas de la cadena SAM’s Club, hoy aún en día ahí. Sigo a la búsqueda de fotos de ese histórico lugar.

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